La Motosierra vs la cafetera. De Milei a Washington
Publicado el 10 de Diciembre de 2023 acá: La motosierra vs. la cafetera. De Milei a Washington (suractual.com.ar)
La
llegada de un líder como Javier Milei al poder pone en juego al sistema
político argentino.
Lejos
de lo que muchos piensan, el objeto de tal afirmación no se debe a la
personalidad del nuevo Presidente, ni siquiera al conjunto de ideas con las que
accede al poder. Ello se constituiría, en tal sentido, en una afirmación
prejuiciosa y, al menos por ahora, antojadiza.
Pero
la llegada al poder de un Presidente que cuenta con un Partido Político que
debuta en la categoría presidencial, y que ha logrado acumular un escaso número
de legisladores nacionales, irrumpe como una experiencia de laboratorio que
desafía a un sistema que confía en un Poder Ejecutivo Poderoso.
En
primer lugar hay que decir que el sistema electoral argentino prevé, de alguna
manera, la llegada al poder de un Presidente que no haya obtenido en las
elecciones generales un caudal importante de votos. Es por ello que se
estableció el ballotage para incrementar el acompañamiento popular a quién
resulte electo, brindando las condiciones necesarias de legitimidad de origen
para afrontar sus responsabilidades. Ello le posibilitó a Javier Milei
incrementar su acompañamiento desde el 30% de votantes hasta el 55 % que
finalmente obtuvo en la segunda vuelta.
Lo
que no prevé el sistema es que, aquel candidato no cuente con un acompañamiento
legislativo que le permita implementar su plataforma que fuera sometida al
escrutinio popular.
El
sistema presidencial se apoya fundamentalmente en la regla de la mayoría. El
que gana las elecciones, por escaso fuera su triunfo, se queda con todo el
poder disponible.
En
Argentina, el modelo político propone una tensión entre el modelo mayoritario
de la figura presidencial, con el modelo de representación proporcional del
Congreso, en particular de la Cámara de Diputados.
Este
sistema proporcional suele propiciar el multipartidismo, mientras que el
sistema presidencial argentino fue pensado para un modelo bipartidista.
Por
ello es que la aparición de nuevos jugadores sin respaldo legislativo, prende
luces de alerta en un sistema pensado para otro escenario.
Es
que si bien el entramado institucional ha ido moldeando la figura de un
presidente todopoderoso, lo cierto es que, por otro lado, confía que las
decisiones más relevantes se tomen a través del debate de los representantes
del pueblo en un procedimiento donde se brinden y se escuchen argumentos.
Ocurre
que en el Congreso, particularmente en la Cámara de Diputados, la
representación popular es de carácter proporcional. Allí es donde deben
prevalecer los proyectos que forman parte de la Plataforma del Presidente.
El
procedimiento de toma de decisiones de nuestra democracia está creado sobre la
idea de propiciar repensar cada decisión. La intensión de evitar decisiones
apresuradas sobrevoló la Convención de Filadelfia que redactó la Constitución
de los Estados Unidos de Norteamérica, fuente directa de nuestra Carta Magna.
Es
por ello que el modelo requiere que una decisión determinada cuente con la
aprobación de ambas cámaras legislativas, con la promulgación del Poder
Ejecutivo, y finalmente superar el test de constitucionalidad frente al Poder
Judicial.
A
modo de ejemplo, en “Achicando los Arcos” (Ed. Remitente Patagonia) hice
referencia a un intercambio entre Thomas Jefferson y George Washington. El
primero preguntó por qué la Convención Constituyente había establecido un
Senado, a lo que Washington respondió “Por qué se vierte café en la cafetera?”.
“Para enfriarlo” contestó Jefferson. “Pues nosotros vertiremos la legislación
en la cafetera senatorial para enfriarla” finalizó Washington.
La
preocupación por la desmesura marcó a fuego un modelo que propuso los frenos y
contrapesos para evitarla. De esta manera, cada mayoría circunstancial contará
con las herramientas que posibiliten la gobernabilidad, pero en el marco de un
poder limitado que pone trabas a los cambios repentinos.
Ejemplo
de ello es que ni siquiera la Gran Depresión, seguramente la crisis económica
más importante de la historia de los EEUU, permitió que el New Deal (que
identificaba al grupo de reformas propuestas por el Presidente Roosevelt para
enfrentarla) se apruebe sin superar los obstáculos del sistema. Fueron largos
años para que el grupo de propuestas supere los debates, y finalmente supere el
test de constitucionalidad de la Corte estadounidense.
El
modelo propicia, con la idea de repensar, moderar las posiciones iniciales.
Los
primeros pasos de Milei ya electo presidente corroboran esta tendencia. El
acercamiento a los sectores más radicalizados del PRO, que incluyen al acceso
de estos dirigentes al Gabinete nacional y que seguramente tendrá como
consecuencia cierto apoyo legislativo, coinciden con la salida de la agenda de
Milei de sus propuestas más extremas.
De
esta manera la dolarización, el cierre del Banco Central y otras desmesuradas
propuestas de campaña, no parecen formar parte de las reformas que propicia el
nuevo gobierno, al menos en su primera etapa de gestión.
La
democracia constitucional amansa, tal como lo sostuvo el recordado Diputado
Raúl Baglini a través del teorema que lo inmortalizó.
Y
si algún jugador decide vulnerar las reglas de juego, son los resortes
previstos por el propio sistema los que deben invalidar la jugada ilegítima
poniendo en valor el texto que plasmó en papel el gran acuerdo nacional. Tal
como lo pensó Lutero con el principio de la “sola scriptura” para enfrentar la
idea de infalibildad papal.
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