La falibilidad mayoritaria y otras afirmaciones incómodas
Publicado el 6 de Septiembre de 2023 acá: La falibilidad mayoritaria y otras afirmaciones incómodas (suractual.com.ar)
El
dato de que Javier Milei se convierta en el candidato más votado en las PASO
del pasado 13 de Agosto, rompiendo el histórico bipartidismo que dominó la
democracia argentina desde su nacimiento, se convirtió en el objeto de estudio
preferido para quienes intentamos encontrar causas y azares de los diversos
procesos políticos e institucionales de nuestro país.
Milei,
con su estilo único (por su particularidad, pero también por su soledad),
parece haber cautivado la atención de los hastiados, los que se cansaron de las
sucesivas frustraciones políticas que encontraron esta vez, en las posiciones
disruptivas del candidato, el mensaje más claro acerca del nivel de su enojo.
Y
al parecer, el enojo era mayúsculo. El nivel de calentura que se transmitió en
las PASO fue mayor que cualquier previsión pre electoral.
En
este sentido parece haber razones que justifiquen el nivel de bronca expuesto.
Las dos coaliciones dominantes no estuvieron a la altura de las circunstancias
en los últimos gobiernos y la comunidad no encontraba razones para seguir
confiando en las propuestas ya conocidas.
Frente
a ese contexto parecieron elegir una propuesta que caractericé, en una nota
publicada en Marzo (Milei
y ese botón rojo que explota todo (suractual.com.ar) como
la propuesta “del botón rojo que explota todo”. Sin conocer con certeza el
norte propuesto (cada vez más titubeante a medida que el candidato adquiere más
chances de resultar electo), la comunidad parece haber elegido que todo explote
por los aires, porque cualquier cosa que pudiera aparecer no sería mucho peor que
la realidad que vive cotidianamente.
Pero
entendiendo a la bronca como justificada, cabe preguntarse si es oportuno tomar
decisiones en ese estado. Y la pregunta deviene pertinente, toda vez que cada
uno de nosotros sabe que cuando tomamos decisiones muy enojados corremos un
gran riesgo de arrepentirnos a poco de andar. Nos pasa cuando decidimos romper
una pareja en el medio de una discusión, o una relación laboral presionados por
el contexto.
Y
ocurre que la bronca, el enojo, como también el estado de necesidad, condiciona
nuestra voluntad. Uno no es totalmente libre cuando las emociones superan un
determinado límite, o cuando la necesidad nos enfrenta a decisiones que no
hubiéramos tomado en otro estado (tomar créditos a tasas usurarias, por caso).
Y
en el voto a Milei advertí desde hace tiempo un nivel de expectativa casi
mágica, movilizada por la bronca y la necesidad. “Milei somos nosotros, y las ganas de que exista un botón que
permita que todo cambie. Un botón que nos evite el mal trago que antecede a la
cura.” escribí en la nota citada.
Sostener
que la voluntad se encuentra condicionada (como se sostenía en los 90 con el
denominado “voto cuota” para describir a quienes, comprometidos por sus
créditos en el peso convertible, mantenían su acompañamiento al gobierno que
garantizaba el sistema) no significa tratar de irracionales a quienes voten de
determinada manera. Sólo intenta buscar explicaciones que resulten aplicables
de manera colectiva para alcanzar alguna que otra certeza.
En
este punto, muchas veces omitimos esbozar opiniones sobre determinada opción
electoral por temor a ser vistos como censores de la libertad política.
Pero
la democracia no es una puesta en escena donde una vez cada tanto (4 años para
el caso de la elección a Presidente de la Nación) nos convocan para que cada
ciudadano seleccione a una de las varias opciones que se ofrecen, luego se
sume, y el que tiene más votos asume.
La
democracia propone un proceso de toma de decisiones donde cada uno debe
seleccionar, pero también proponer, argumentar.
En
ese marco de discusión, un autopercibido libertario podrá sostener que otro
elige una opción de la “casta”, y deberá aceptar que otro evalúe negativamente
sus propuestas y sus candidatos.
Y
esa posibilidad de intercambio no se clausura con la victoria de unos sobre
otros.
Si
la democracia no se agota en el voto, el disenso no desaparece mágicamente con
un resultado electoral, que sólo definirá un rumbo temporario.
La
pregunta incómoda que aparece cuando se evalúan los tópicos propuestos es si
una mayoría puede ser falible.
Es
decir si una mayoría podría, sea por engaños, o errores, tomar decisiones que la
terminen perjudicando. Cuando se habla de “errores” no imagino un intérprete
ubicado desde arriba decidiendo cuando un pueblo se equivoca y cuando no, sino
de ese mismo pueblo que luego de tomada una decisión toma nota de su “error”.
Es
el mismo sistema democrático que admite tal evento. En efecto, mecanismos como
la revocación de mandatos, el juicio político, y todo el entramado que conforma
el sistema de frenos y contrapesos intenta corregir errores, limitar el poder y
evitar la desmesura.
Claro
que la magnitud de la sorpresa por la elección es directamente proporcional a
la osadía de las profecías ex post facto.
Los
mismos que no habían advertido que se venía el estallido, hoy nos hablan del
establecimiento de un nuevo orden.
Ni
tan calvo, ni con dos pelucas…
Cuando
se intenta identificar una elección comparable a la 2023, por el nivel de
apatía social, se coincide en marcar la elección de medio término del año 2001.
En
dicha elección, dominada por lo que se conoció como “voto bronca”, frente a un
proceso de conflicto social que terminó con las tristes jornadas del 19 y 20 de
Diciembre, comenzaba a resonar una frase que identificaría el proceso de
descreimiento, el “que se vayan todos”.
En
la ciudad de Trelew, por ejemplo, junto con las elecciones legislativas
nacionales se convocó a elegir convencionales constituyentes que serían los
encargados de reformar la Carta Orgánica de la ciudad. En medio de dicho
proceso, la bronca fue canalizada a través del voto en blanco o voto nulo, grandes
protagonistas de la jornada electoral. El Partido Justicialista obtuvo el
cuarto lugar en Trelew, después de la Coalición Electoral conocida como La
Alianza, el voto en blanco y el Pach.
A
los dos años, el PJ obtendría un triunfo electoral en la ciudad de Trelew, la
que conduciría hasta el presente año a través de las diferentes Coaliciones o
Partidos que forman parte del denominado panperonismo.
La
experiencia del 2001 conspira contra la posición de quienes pretenden ver, en
el resultado de Milei, un nuevo proceso democrático que vino para quedarse, y
parece brindar razones a quienes observamos el fenómeno como algo efímero. Tan
efímeras como las decisiones tomadas en medio de una rabieta.
Poner
luz en la falibilidad mayoritaria no pretende trocar el sistema por un modelo
contramayoritario. Las mayorías deben gobernar e intentar poner en práctica la
plataforma sometida al escrutinio popular. Pero forma parte del debate público exponer
las advertencias que como ciudadanos consideramos propicias, en particular
respecto a la superficialidad de las propuestas, a la falta de equipos
técnicos, y a la subestimación del proceso democrático que posibilitaría hacer
prevalecer el plan de gobierno (si existiera tal cosa). Las ideas que se
esbozan en los medios de comunicación parecen requerir modificaciones
legislativas sin que se advierta a la fecha una estrategia que haga posible su
puesta en marcha, en el marco de un voluntarismo colosal más cercano a los boy
scouts que a un eventual gobierno.
Las
características del líder pondrán, en caso de obtener un triunfo electoral, en
juego al sistema democrático argentino.
Un
sistema especialmente pensado para enfrentar la intolerancia, la desmesura y
los intentos de abuso del poder, a través de la potencia de nuestro gran acuerdo
fundacional, la Constitución Nacional.
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