Elecciones de Medio Término. De Alfonsín a Milei

Publicada el 21 de Septiembre de 2025 acá: Elecciones de medio término: de Alfonsín a Milei - ADNSUR


Introducción

 

La creación del Jefe de Gabinete rompe el derrotero letal del presidencialismo latinoamericano, que podemos resumir en estos seis tiempos: a) derrota electoral parlamentaria del partido oficialista; b) pérdida de consenso del Presidente; c) confrontación interpartidaria; d) bloqueo institucional interpoderes; e) crisis y parálisis del sistema; f) caída del régimen. Actualmente un Presidente que resulta vencido en las elecciones debe seguir, no obstante, al frente de la más alta magistratura constitucional. El Congreso no lo puede reemplazar ni tampoco ocupar su lugar. La figura del Jefe de Gabinete se introduce para cortar el círculo en el punto c) y evitar sus sucesivas consecuencias” decía el convencional constituyente Raúl Alfonsín en los debates de la Convención que en 1994 dio luz a la figura del Jefe de Gabinete de Ministros.

Dejo la anécdota a modo de introducción y volveré sobre esto más adelante.

 

Desgaste del gobierno nacional

 

La inestabilidad que ha experimentado el plan (en el eventual caso que algo así existiera) de gobierno del presidente Milei en las últimas semanas preocupa de cara a las elecciones de medio término que se llevarán adelante el 26 de Octubre.

A las dudas que se han generado en el plano económico, la derrota de las elecciones legislativas de la Provincia de Buenos Aires ha dado la real magnitud a un escenario que se presumía pero del cual no existía certeza alguna.

Frente a este estado de zozobra la precaria “ala política” del gobierno, encabezada por el Jefe de Gabinete Guillermo Francos, ha intentado imponer una lectura determinada, aceptar errores propios en la estrategia electoral (aunque no en la gestión de gobierno), y trasmitir condiciones de firmeza.

La eventualidad de una derrota electoral en las elecciones de Octubre, preocupa al gobierno no sólo por la conformación de las Cámaras Legislativas para los próximos 2 años y la dificultad experimentada para la obtención de acuerdos, sino fundamentalmente por el derrotero de los presidencialismos latinoamericanos que se suelen disparar a partir de una derrota parlamentaria, tal como lo describía Alfonsín en la cita introductoria.

Trataré de introducirme en esta problemática en los próximos apartados.

 

El Presidencialismo y las dificultades para salir de las crisis                                                                               

 

Se sabe que nuestro sistema institucional confía de manera excesiva en la capacidad de quién resulte elegido para la Presidencia de la Nación.

El grado de facultades otorgadas al Presidente argentino responde a las convicciones de Juan Bautista Alberdi expuesta en las  Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina” quien sostenía que “… si queremos que el poder ejecutivo de la democracia tenga la estabilidad que el poder ejecutivo realista, debemos poner alguna atención en el modo como se había organizado aquel para llevar a efecto su mandato.”.

Y el problema de un sistema que permite la acumulación excesiva de poder en una persona se produce justamente cuando esa persona deja de ser reconocida por sus representados.

El presidencialismo vive como crisis una cuestión que debiera ser natural, cual es la que un gobierno pierda legitimidad.

Las soluciones encontradas por el sistema para resolver las crisis políticas de los Presidentes (renuncia del presidente, juicio político o revocatoria de mandatos) se han demostrado incapaces en la práctica en el afán de dotar de estabilidad a nuestra democracia.

Se sostiene acertadamente que mientras la renuncia del Presidente es vista como una claudicación, el juicio político requiere mayorías que hacen casi imprescindible el acompañamiento del partido del gobierno lo cual se constituye en casi un suicidio político, y la revocatoria de mandatos suele imponer procedimientos sumamente complejos.

Tal como dije, el sistema presidencialista vive las crisis de legitimidad de un gobierno como un caos, mediante el cual inexorablemente se termina poniendo en juego el mismo sistema institucional.

Frente a tal diagnóstico, y teniendo en cuenta la propuesta que el “Consejo para la Consolidación de la Democracia” efectuara durante su mandato presidencial, Raúl Alfonsín introduce en los debates que dieron lugar al Pacto de Olivos, la figura del Jefe de Gabinete de Ministros con la idea que actuara como una especie de “fusible” para desarticular crisis políticas y, con la continuidad del presidente, se garantizaría la estabilidad del sistema democrático.

A 30 años de la introducción de la figura y, habiendo presenciado algunas crisis políticas, es sencillo concluir que la figura no logró constituirse en ese enlace que permitiría superar las crisis a partir de colaboraciones multipartidarias.

Sólo a modo de apéndice, y con el afán de encontrar razones para el desencanto, mencionaré las diferencias entre este Jefe de Gabinete de Ministros de la Reforma de 1994 y aquel Primer Ministro que proponía el Consejo para la Consolidación de la Democracias en su carácter de órgano asesor del entonces Presidente Raúl Alfonsín.

 

El Jefe de Gabinete y el Primer Ministro

 

El Primer Ministro propuesto por el “Consejo para la Consolidación de la Democracia” se convertía en “Jefe de Gobierno”, siendo designado por el Presidente pero pudiendo ser removido por el Parlamento.

El Jefe de Gabinete de Ministros, en cambio, si bien tiene a su cargo las funciones de administración,  depende jerárquicamente del Presidente de la Nación, quien mantiene en sus manos todas las Jefaturas.

En definitiva, el Jefe de Gabinete no es Jefe de Gobierno, tampoco designa ministros, y además puede ser removido por el presidente.

Resulta entonces al menos injustificada la confianza de los constituyentes en que la nueva figura facilitaría la colaboración política permitiendo que un presidente en crisis acuerde el acceso al cargo de Jefe de Gabinete de Ministros de un representante del partido político opositor.

Las facultades conferidas a la nueva figura no resultan incentivos suficientes para que el partido opositor desista de elaborar estrategias para acceder plenamente a la presidencia de la Nación, como quedó demostrado en la crisis del 2001.

 

“La batalla cultural” como obstáculo

 

Frente al contexto descripto, el Presidente Milei parece elegir la estrategia que lo llevó al poder, la radicalización de su discurso.

Confiado en sostener los niveles de desilusión de la población con la política tradicional, el partido oficialista intenta campear la crisis provocada por su propia gestión y las denuncias por corrupción que afecta la matriz discursiva que dio nacimiento al experimento libertario.

De esta manera, con la confrontación como bandera el gobierno avanza en una estrategia sin red.

La moneda está en el aire y develará si el gobierno puede constituir una nueva mayoría en las difíciles condiciones en las que se encuentra o si habrá dinamitado todos los puentes con las fuerzas de oposición y se encamina, sin atajos, a una tradicional crisis de presidencialismo latinoamericano.


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